Aunque nadie puede afirmar con certeza quien fue el autor de un refrán, se cree que estos dichos agudos salieron de la experiencia y la sabiduría de hombres muy ilustrados como los que escribieron el sagrado libro de los cristianos, alrededor del siglo I antes de nuestra era. Luego y gracias a la expresión oral, se fueron transmitiendo de generación en generación hasta nuestros días.
Además de la Biblia, grandes obras de la literatura universal como El Ingenioso Hidalgo Don Quijote
de la Mancha, de Miguel de Cervantes y Saavedra, Refranes que dicen las viejas tras el fuego, del Marqués de Santillana, y la novela de Italo Calvino, El vizconde demediado (Il visconte dimezzato), son considerados como los primeros y más fecundos refraneros que el hombre tuvo a su alcance.
Una lectura superficial al Quijote, la obra cumbre de la Literatura Española, basta para comprobar que el fiel escudero, Sancho Panza, utilizaba los refranes, con frecuencia y muchas veces con exageración, para traer a la realidad a su enajenado compañero.
Haya lo que hubiere -replicó Sancho-; que al buen pagador no le duelen prendas, y más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga…
Una actitud que el Quijote recriminaba con insistencia pues los refranes, aunque son muy útiles y llenos de enseñanzas, también saturan si se utilizan en exceso.
Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito -dijo don Quijote-, y cuándo será el día, como otras muchas veces he dicho, donde yo te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada.
Existen tantos refranes como seres humanos en el mundo, pues es el propio pueblo quien crea, difunde y modifica estas sentencias ideadas para expresar sentimientos, juicios, consejos, un contenido moral o una verdad irrefutable.
El que mal anda, mal acaba
Dime con quien andas y te diré quien eres
Quien a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija
Más vale pájaro en mano que cien volando
Haz el bien y no mires a quien
Y es que decir refranes, es decir verdades, ya lo dice ese refrán que incita a las personas a incluir en su habitual conversación, las espontáneas expresiones de la comunicación. Lamentablemente, el pueblo no solo es quien instituye los refranes, también los olvida.
“Eso es cosa de viejos”, “suena anticuado”, “pasaron de modas”, “así habla mi abuela”, son expresiones que con frecuencia utilizan sobre todo los más jóvenes para justificar la ausencia de los refranes en su cotidiana conversación.
Por supuesto, no se trata de que ahora exijamos a los jóvenes la incorporación forzada de los refranes en su expresión. Aunque no son difíciles de aprender, pues su composición en forma de rima facilita su memorización, elegirlos es una decisión muy personal.
Sin embargo, para aquellos que ansían convertirse en buenos comunicadores, un refrán siempre adorna, enriquece y colma de plasticidad el lenguaje.
Cuando escuchamos en boca de alguien un refrán, estamos recibiendo las sentencias filosóficas más profundas y experimentadas que muchos siglos atrás dijeron, con palabras sencillas, nuestros antepasados.
Por suerte, todavía hay por ahí quienes reconocen y defienden que saber refranes, poco cuesta y mucho vale.













