Hay un dicho popular cubano que advierte de “no tirar la puerta por la ventana”. La moraleja de la sentencia es que uno, sea un individuo o un país, no puede gastar más de lo que puede, como lo ha estado insistiendo el presidente de Cuba, Raúl Castro Ruz.
El señalamiento muy justo de mandatario es para que los habitantes del archipiélago nos percatemos una vez y por todas de que el Estado, nuestro Estado, no está en condiciones de continuar asumiendo una serie de subsidios y gratuidades que si fueron posibles en épocas de bonanza basadas en el generoso intercambio comercial con la extinta Unión Soviética y otros países socialistas de Europa Oriental.
Hasta 1991 dispusimos de un flujo constante de petróleo y sus derivados, a precios muy ventajosos, pagaderos con las exportaciones de azúcar, níquel, cítricos, productos del mar y tabaco, entre otros renglones.
Ese dadivoso comercio nos permitió conjugar de una manera prodigiosa a servicios gratuitos de salud, asistencia social, educación, cultura y deportes equiparables con los de primer mundo, con una economía en vías de desarrollo y afectada por la crisis económica mundial.
A eso se agrega el casi medio siglo de feroz bloqueo por los gobiernos yanquis, criminal medida cuyas afectaciones directas al país se estiman en unos 96.mil millones de dólares estadounidenses.
Agobiada por la caída de los precios de sus exportaciones y la reducción de los ingresos del turismo, la hacienda nacional clama por despojarse de excesos en el gasto público.
Si hasta ahora los deseos han prevalecido sobre las reales posibilidades financieras del país, llegó el momento de practicar un socialismo razonable y sustentable en el que las justas aspiraciones del pueblo se materialicen según lo permitan los avances económicos propios, aprovechando las nuevas relaciones de solidaridad y complementariedad establecidas con Venezuela, China y otras naciones.
En ese modelo le toca a cada ciudadano una cuota importante en la solución de los problemas que lastiman al país, cumpliendo con responsabilidad y eficiencia la labor cotidiana en su puesto de labor.
Pero darle el verdadero valor al trabajo y que se convierta en una necesidad para cada ciudadano, exige estimular definitivamente las fuerzas productivas mediante la remuneración a partir de los resultados y el uso óptimo de los recursos disponibles.
También clama por una paulatina mengua de la excesiva centralización de la actividad económica, dándole a las bases, es decir, a los colectivos de trabajadores, donde verdaderamente se materializan las políticas y estrategias, el protagonismo necesario para concebir, controlar y cumplir los planes de producción.
Pide a su vez seguir aligerando la estructura no productiva del Estado, proceso en el que el gobierno del presidente Raúl Castro ha dado los primeros pasos.
Impedir una recaída con la agudeza de la crisis decretada en 1993 pasa por producir más y con mayor eficiencia, suplantar las importaciones, fundamentalmente de alimentos, con productos nacionales y por economizar portadores energéticos.
Sólo así se podrá romper el círculo vicioso formado por las ineficiencias aún persistentes en sectores claves de la economía, los bajos ingresos presentes entre la mayoría de los trabajadores y la presencia de excesivos subsidios.
Queda aún pendiente la asignatura de la existencia de una doble moneda, medida que en los momentos más difíciles del período especial propició incentivar el trabajo en esferas claves, pero que a la larga ha establecido una suerte de diferenciación, en cuanto a ingresos, entre los empleados en esas ramas y los de otras no favorecidas con tal forma de estimulación.
Por tal razón, ramas tan primordiales como la agricultura y la construcción no resultan atractivas para muchos de los que arriban a la edad laboral. La máxima dirección del país conoce eso y le corresponde tomar la decisión más adecuada y oportuna.
Dentro del socialismo razonable y sustentable, el presupuesto del Estado garantizará a los ciudadanos el derecho a los servicios básicos de salud, educación, actividades culturales, práctica deportiva y la seguridad social, en los que Cuba muestra resultados inalcanzables para numerosas naciones en el mundo.
En sintonía con esa idea, las autoridades ya suprimieron planes vacacionales para trabajadores destacados y dirigentes, insostenibles por su alto costo en divisas, así como se decidió cerrar los comedores obreros y establecer un estipendio alimenticio.
Tales acciones permitirán economizar más de 300 millones de dólares, ahorro muy pertinente en momentos en que la crisis económica ha disminuido de manera apreciable los ingresos del país.
Providencias de ese tipo sin dudas producen malestar en algunos e incertidumbre en otros, pero lo que se hace más evidente es la mayoritaria aceptación y comprensión del pueblo, convencido de que es una necesidad.
Sin embargo, más importante que el entendimiento es que los habitantes de la Isla digna e independiente lo expresemos mejor en los hechos, trabajando duro y mejor, ganando lo que merezcamos con nuestro sudor.
De esa manera hagamos realidad el socialismo razonable y sustentable que permita perdurar a la Revolución Cubana en el tiempo.













