¡Gracias, Fígaro!

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Han pasado más de cuatro décadas desde que siendo niños, en la pantalla del antiguo cine Nguyen Van Troi, en la provincia  de Guantánamo, mis hermanos y yo vimos embelesados aquel magnífico documental titulado “La Olimpiada de Tokio”.

El largometraje fue filmado durante la realización de aquellos juegos estivales en la capital japonesa y es un compendio de los principales acontecimientos del evento, que marcó el inicio de una nueva era en la realización de las magnas citas deportivas, con la utilización por primera vez, de la "cámara lenta", las computadoras para registrar los tiempos exactos en las competencias y la pista sintética de atletismo, dejando atrás para siempre a las clásicas de arcilla en las que se corrió hasta Roma 1960.

Estos fueron los primeros Juegos Olímpicos televisados en color y transmitidos en directo, vía satélite para Norteamérica y Europa.

Recuerdo con nitidez las imágenes el documental sobre la radical transformación arquitectónica de la ciudad sede, la llegada de los aviones con las delegaciones, la ceremonia inaugural, el jet de las Fuerzas de Autodefensa del Japón dibujando los cinco aros olímpicos en el cielo azul, las habilidades de los gimnastas, el juego dinámico de las Niñas Magas del Oriente  en el voleibol y del segundo triunfo en la maratón del legendario Abebe Bikila.

Sin embargo, no lo dude, el momento mejor atesorado en la memoria es el de la final masculina de la carrera de 100 metros planos, no solo por la espectacularidad que la convirtió en uno de los momentos cumbres de la cita atlética, sino porque uno de sus protagonistas principales fue Enrique Figuerola Camué, el “Fígaro”, el deportista más destacado en Cuba en la década extraordinaria de los 60 del pasado siglo.

Como si fuera ahora veo a los corredores inclinarse sobre los bloques de partida, la cámara escudriñadora toma la hilera de rostros tensos, el disparo del starter, la explosión de músculos en la arrancada y un “Fígaro”, pequeño pero fornido, en uniforme blanco, que se adelanta a todos y parece tocar la gloria olímpica en cada una de sus veloces zancadas.

Solo una bala pudo ganarle al cubano.

El norteamericano Robert Lee Hayes llegó a Tokio precedido por la aureola de ser el mejor velocista del mundo, pero se encontró un duro escollo en el “Fígaro”.

Las carreras de clasificación demostraron a los entrenadores de “Bullet Bob” que el cubano podía derrotar a su pupilo e impedirle llegar a lo más alto del podio.

Surgió la coincidencia de que en una sesión de preparación, sus entrenadores le preguntaron a Figuerola si podía entrenar algunas arrancadas con Hayes. Haciendo gala del “fair play”, el antillano accedió y en las carreras a la distancia de 60 metros siempre venció al bólido estadounidense.

Los preparadores de Bob Hayes se percataron de que la causa era una incorrecta colocación de sus bloques de arrancada y le cambiaron el sistema de aceleración, para propiciarle pasos más largos al momento del despegue.

En el momento crucial, el “Figuaro” arrancó primero, pero su oponente lo hizo mejor que como lo hacía.

Solo así, a la altura de los 60-70 metros de la carrera, es que “Bullet Bob”, con sus 1.96 de estatura y enormes zancadas, pudo rebasar al antillano y cruzar primero la meta, necesitando para ello igualar los 10 segundos flats, con cronometraje manual, que constituían la cota universal de la disciplina por aquellos tiempos.

El santiaguero marcó 10.2 y arrebató la medalla de plata al canadiense Harry Jerome, con igual tiempo.

La épica carrera aconteció el 15 de octubre de 1964 y la ganada por el “Fígaro” fue la primera presea olímpica del deporte cubano después del triunfo de la Revolución.

Fue un logro extraordinario, por ocurrir en momentos en que arreciaba el criminal bloqueo yanqui, impidiendo a Cuba la participación de sus atletas en competencias en los Estados Unidos, así como el acceso a los más avanzados métodos y medios del momento para el entrenamiento de sus velocistas. En la Isla no existía ninguna pista sintética.

A la vez demostró que con talento y una adecuada preparación, los atletas del país caribeño podían luchar de tu a tu con lo que más vale y brilla en diversas competiciones.

La medalla de plata de Enrique Figuerola Camué en Tokio 1964, fue la clarinada de lo que vendría después.

Cuatro años más tarde, en México, el “Figaro” ganó otra plata, esta vez junto a Hermes Ramírez, Pablo Montes y Juan Morales, en el relevo de 4 x 100 metros planos, superados únicamente por la estafeta norteamericana. En esa cita estival, también ganaron plata los boxeadores Enrique Regüeiferos y Rolando Garbey.

La consagración del deporte revolucionario cubano en Olimpiadas llegaría en 1972, en Munich, con los títulos de Orlandito Martínez, Emilio Correa y del legendario Teófilo Stevenson, así como el increíble bronce del baloncesto masculino.

La lista crecería de manera extraordinaria después y sobresaldrían los nombres de Alberto Juantorena, María Caridad Colón, Javier Sotomayor y Félix Savón, entre otros muchos.

La ganada en buena lid por Enrique Figuerola Camué hace 45 años este 15 de octubre, realmente no tuvo el color logrado por sus sucesores, pero tiene un valor intrínseco que la sitúa a la altura de sus compañeros: demostrar que la pequeña y asediada Cuba podía tener campeones olímpicos.

Por eso, evocando aquella carrera extraordinaria, inmortalizada en el documental “La Olimpiada de Tokio”, nos conmueve decir, como muchos cubanos, ¡gracias, Fígaro!

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El escritor Singh Castillo está con nosotros desde el Miércoles, 06 Mayo 2009.




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