La referida patología es infecciosa y se estima que la padecen cada año unas 20 millones de personas en el mundo, de las cuales alrededor de 24 mil mueren, de acuerdo con datos aportados por un colectivo cubano de autores en el libro Campaña por la Esperanza, lucha contra el dengue.
A esa triste realidad está ajena Cuba por la voluntad política de sus líderes y su eficaz infraestructura de salud, independientemente de lo cual el dengue la impacta y se incrementó en el país respecto al año anterior por extensión de la epidemia en la Cuenca el Caribe, área geográfica donde se inserta la Isla con creciente intercambio solidario.
Otro elemento complica el panorama epidemiológico nacional: el incremento del mosquito, cuya eliminación exige privarlo de las fuentes acuícola desprotegidas donde procrea y se multiplica y sanear el entorno, en un esfuerzo conducido por las autoridades de Salud, pero decidido por la población casa a casa y local por local.
Combatirlo exige conocerlo y Solvisión se lo presenta a quienes dentro y fuera del país están a merced de este zumbante asesino denominado Aedes aegypti, minúsculo insecto de color oscuro con rayas blancas, el cual, a pesar de ser oriundo Etiopía (Norte de Africa), vive en zonas tropicales y subtropicales de todo el mundo.
La hembra es picadora persistente, ligera y cautelosa; hematofatígica diurna (se alimenta de sangre), aunque también pica de noche y en horas crepusculares, y en cada “mordida” extrae casi tres miligramos de sangre, el doble de su peso, líquido que le es imprescindible para madurar sus huevos.
Cargada de sangre se retira a descansar por 72 horas en lugares oscuros y protegidos, tras lo cual emprende vuelo en busca de agua, pero es tan “inteligente” que pone entre 100 y 300 huevos en diferentes reservorios, fijándolos en la pared del depósito a nivel de la superficie líquida.
Sus huevecillos son tan diminutos como resistentes a la desecación y a los cambios de temperatura y logran conservarse ¡hasta 13 meses! fuera del agua. Luego, cuando las condiciones son favorables, tras cinco días de incubación, eclosionan dando lugar a larvas que “danzan” por seis días en el agua antes de, convertidas en mosquitos, emprender el vuelo.
Los criaderos los buscan preferentemente en agua limpia dentro de las viviendas o sus inmediaciones, pero cuando son perseguidas modifican esos hábitos para preservar la especie. Nunca se alejan más de 100 metros del ambiente hogareño y sus “nidos”.
Viven un mes y aunque el macho es fitófago (se alimenta de plantas) ellas aprovechan el sueño o reposo de la persona para picar en busca de sangre, con lo cual provocan molestias, reacciones alérgicas, infecciones secundarias, fiebre amarilla y dengue, si han “mordido” antes a un individuo enfermo o aquejado de esas patologías.
Basta una sola picada para trasmitir la fiebre amarilla o el dengue y después de “cargarse” del virus quedan infectadas para todas sus breves pero perniciosas vidas.













