La conocida como Operación “Fall Weiss” había comenzado el 1 de septiembre, a las 4:45 am, con los disparos del acorazado Schleswig-Holstein contra la fortaleza de la Westerplatte, en el puerto polaco de Gdansk, la antigua ciudad libre de Danzig.
La invasión a Polonia fue el primer episodio bélico del mayor conflicto armado de la historia de la humanidad, que se saldó, seis años más tarde, con casi 60 millones de muertos. Su origen real ocurrió años antes.
Desde la derrota del fascismo alemán, ha quedado claro el decisivo papel que jugó la Unión Soviética, en ese hecho de trascendental importancia para toda la Humanidad.
Al Ejército Rojo y los pueblos de la entonces URSS tocó enfrentar la embestida y vencer a la mayoría aplastante del ejército germano.
Para sojuzgar al primer Estado de obreros y campesinos del mundo, Hitler lanzó a más soldados, aviones, tanques, vehículos y artillería que los que enfrentaron en conjunto los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y el resto de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.
Para poder alzar la bandera de la hoz y el martillo en el techo de la Cancillería alemana, en mayo de 1945, como símbolo de la victoria alcanzada, la Unión Soviética pagó con la vida de cerca de 30 millones de sus ciudadanos.
El grueso de ellos fueron militares, muertos en la defensa de Moscú, Leningrado (San Petersburgo) y Stalingrado (Volgogrado), la liberación de Ucrania, Bielorrusia y del resto de las naciones de Europa Oriental.
Unos 600.000 soldados soviéticos perecieron en la luchas por expulsar a la Wehrmacht de territorio polaco, en el avance del Ejército Rojo hacia la guarida de la bestia nazi, en Berlín.
Indigna entonces que personeros del actual gobierno de Varsovia, encabezados por el propio presidente Lech Kaczynski, insistan en culpar a la URSS por el inicio de la conflagración debido al pacto de no agresión firmado por Stalin con la Alemania nazi de Hitler en agosto de 1939.
Es profanar la memoria de los millones de militares y civiles de los pueblos que integraron a la Unión Soviética y su descomunal sacrificio en aras de salvar al mundo de la barbarie nazi.
Es manipular de manera burda y provocativa los hechos acaecidos a partir de aquel 1 de septiembre, dando rienda suelta a sus rezagos anticomunistas y los rencores.
Han llegado a equiparar al fusilamiento de oficiales polacos en el bosque de Katyn, por órdenes de Stalin, con Auschwitz, Majdanek, Sobibor y otros campos de concentración construidos para la aniquilación de judíos en Europa.
Pretenden establecer una sinonimia entre fascismo y comunismo, algo verdaderamente repugnante.
Kaczynski y compañía desean reescribir la historia a su manera, dejando a un lado episodios fundamentales que dieron rienda suelta a las pretensiones nazis de dominar al planeta en nombre de una raza superior.
La Segunda Guerra Mundial tuvo su detonante, apagado, silencioso, con el ascenso al poder de Hitler en 1933, para beneplácito de las fuerzas más reaccionarias de Europa y los Estados Unidos, que vieron en el cabecilla nazi y la Alemania revanchista los medios para destruir a la URSS.
Esos mismos fueron los que quedaron de manos cruzadas cuando el maniático Adolf abandonó la Conferencia de Desarme y la Sociedad de Naciones para rearmar a la Wehrmacht.
No olvidar que en aquellos momentos Varsovia accedió a firmar un pacto de no agresión con Berlín, en 1934.
Los actuales gobernantes polacos no desean recordar el episodio bochornoso de Munich, en el que el primer ministro británico Arthur Neville Chamberlain y su homólogo francés Édouard Daladier, con la mediación del Duche Mussolini, aprobaron que la Alemania hitleriana se anexara los Sudetes, pertenecientes a la entonces Checoslovaquia, empeñados en que la maquinaria de guerra fascista apuntara hacia Moscú.
Es bueno recordar que después que Alemania en marzo de 1939 también invadió al resto de Chequia y convirtió a Eslovaquia en un estado títere, Polonia se hizo de territorios checos.
La traición de Munich imposibilitó definitivamente la creación de un frente único de lucha contra el fascismo, lo que propugnaba la Unión Soviética. Pero en Londres, Paris, Roma, Varsovia y en los propios Estados Unidos el interés era la invasión germano-fascista al único Estado proletario del mundo.
Stalin no tenía nada de santo y tampoco un verdadero marxista-leninista. En estas circunstancias geopolíticas adversas, hizo lo que el resto, prefirió ganar tiempo con el pacto Ribbentrop-Molotov y prepararse para la guerra con Alemania, alentada desde varias capitales europeas.
Como los gobiernos polacos de entonces ayudaron a Gran Bretaña y Francia a criar el cuervo fascista, éste le sacó los ojos a partir del 1 de septiembre de 1939. Los aliados de Varsovia dos días después declararon la guerra a Alemania, pero poco hicieron o desearon hacer para salvar a su socio menor, sacrificado, como sucedió con Checoslovaquia y Austria, en pos de incitar el ataque germano a la URSS.
Pronto les tocó su turno a Paris y Londres. La capital gala fue hollada por la bota nazi y las islas británicas no sucumbieron por la heroica resistencia de su gente, el apoyo material norteamericano y, principalmente, por el hecho de que Hitler desvió el grueso de su ejército para invadir a la Unión Soviética, a partir del 22 de junio de 1941.
Lo sucedido después es harto conocido y en ello toca a la Unión Soviética el papel decisivo en la derrota del fascismo.
A luz de ayer, de hoy y del mañana, la responsabilidad principal del inicio hace 70 años del horror de la Segunda Guerra Mundial recae en los que auparon a Hitler y su ideología inhumana, en su aspiración de eliminar a la URSS, intento en el que fracasaron entonces.
Nadie tiene derecho a reescribir la historia.











