La aventura militar que la Casa Blanca emprendió contra los pueblos de Irak y Afganistán a raíz de los ataques a los centros del poder económico y militar de Estados Unidos, se ha convertido en un pantano de extrema violencia e inseguridad, que les hace pagar bien caro su guerra de rapiña y, además de la cuota de muertos que tributan ambas partes, conduce a la economía norteamericana a la bancarrota, por conflictos que no saben cómo terminar.
Bien cierto es que el gobierno estadounidense aprovechó la coyuntura trágica de las acciones terroristas para, en complicidad con sus aliados europeos y asiáticos, incrementar su agresividad y convertir el terror en una práctica permanente del Estado que amenaza a más de 60 países que no se doblegan a su política, a los cuales el ex presidente George W. Bush calificó de “Oscuros rincones del mundo”.
En la mirilla del imperio están las naciones que integran el “eje del mal”, supuestos terroristas, cuyo único crimen ha sido defender a ultranza sus intereses, su independencia y sus recursos naturales; entre ellos están incluidos además de Irak y Afganistán, Siria, Libia, Irán, Correa del Norte, y por supuesto, Cuba.
Incluso sus propios aliados sufren la arrogancia del imperio, y son muchos los países que han soportado la violación frecuente de su espacio aéreo por aviones de la CIA, que tiene en esas naciones cárceles secretas donde masacran a sospechosos de terroristas, al estilo de la prisión en la base naval de Guantánamo, mantenida hoy, para vergüenza de la humanidad, en un centro de torturas similar al de los fascistas alemanes, a pesar de la promesa de desmantelarla, por parte del presidente Obama.
Pero también el propio pueblo norteamericano sufre los desmanes de la camarilla dirigente norteamericana: sus derechos civiles fueron prácticamente eliminados con la legislación del espionaje telefónico y la violación de la correspondencia. El modo de vida estadounidense de respeto a la privacidad ciudadana y a la libertad de expresión, es cosa del pasado.
Hoy, el gobierno “pacifista y de justicia” de Obama, mantiene la política guerrerista del imperio, y no solamente preparó y financia el golpe de estado en Honduras, sino que proyecta la instalación de siete bases aéreas y navales en Colombia, las que representan un serio peligro para Venezuela y el resto de países latinoamericanos.











