Martes, 08 de Septiembre de 2009 08:12
Singh Castillo

Guantánamo.- Es extraordinaria la vigencia que tiene la frase de Julius Fucík a pesar de los cambios esperados e inesperados sufridos por el mundo desde aquel 8 de septiembre de 1943, cuando el comunista y periodista checo fue asesinado en Berlín por los lobos hitlerianos.
Quienes lean de manera desprejuiciada sus palabras en ese texto ejemplar que es “Reportaje al pie de la horca” sentirán que siguen llenas de la fe inmensa en la humanidad que, en los días amargos y lúgubres que vivía Europa con la barbarie nazi, le permitió resistir las torturas inimaginables a las que fue sometido, sin delatar a sus compañeros de la resistencia antifascista y ser un crítico benevolente a los débiles que develaron a los órganos represivos su identidad y posición dentro del Partido Comunista de Checoslovaquia.
Fucík resiste victorioso a la machacante sentencia del fin de la historia como el ejemplo del hombre sencillo que ascendió sin proponérselo a la categoría de héroe imperecedero por ofrendar su vida a la causa de la revolución, sin dejar de ser fiel a las ideas marxistas-leninistas que defendió en las páginas de Rude Pravo yTvorba.
Nacido en 1903, Julius se interesó desde niño en la literatura y la política. Las adversidades económicas relacionadas con su origen obrero no pudieron impedir que su inteligencia, disciplina y dedicación le condujera a titularse en la Universidad de Pilsen.
A los 18 años participó en la fundación del partido.
Como periodista comprometido con su patria, su ideología y los principios éticos de la profesión, escribió sobre actualidad y teoría incluso después de la censura impuesta en 1938 por el gobierno burgués checoslovaco a las actividades comunistas, tras la anexión de los Sudetes por Alemania, cedidos vergonzosamente por Gran Bretaña y Francia a Hitler en el afán de lanzar a la Wehrmacht sobre la Unión Soviética.
Ni la propia invasión nazi a Checoslovaquia, en marzo de 1939, lo amilanó y siguió publicando y viviendo bajo un seudónimo, a la par que se dedicaba de manera abnegada a organizar la resistencia en Praga. Es en esas circunstancias que es electo miembro del Comité Central del clandestino Partido Comunista.
Una delación fue la que hizo posible la detención de Julius Fucík, en 1942.
Durante su cautiverio en la cárcel de Pankrác, en Praga, redactó su obra cimera, el libro “Reportaje al pie de la horca”, el relato de la larga y dolorosa lucha por no claudicar en condiciones horrendas no de un hombre, sino de miles de mujeres y hombres, sintetizados en Fucík, que lo dieron todo por derrotar al fascismo en pos del mundo mejor y posible.
Con admirable uso de las técnicas de este género periodístico, Fucík describe las aterradoras torturas que él y miles en los países ocupados por la bestia parda recibieron en nombre de la raza superior empeñada en asegurarse el espacio vital para su supervivencia, a partir del sojuzgamiento de otros pueblos.
Gracias a un carcelero checo que proporcionó al prisionero los medios necesarios para escribir y además arriesgó su vida para sacar y poner a salvo cada hoja del valioso testimonio hasta la derrota del fascismo, cuando las entregó a Gusta Fucikova, la viuda, quien las compiló para su publicación.
Desde entonces, el libro ha sido editado en numerosas ocasiones, traducido en cerca de un centenar de idiomas y puesto al alcance de la mano y la conciencia de quienes deseen con sinceridad ver la cara más siniestra del capitalismo vencedor en el forcejeo de la Guerra Fría, pero condenado a la larga a sucumbir por sus propias contradicciones y por el despertar definitivo del proletariado, principal víctima de las cada vez más frecuentes y brutales etapas de crisis económicas inherentes al sistema.
Las fundamentaciones detalladas e innegables buscarlas en Carlos Marx y “El capital”.
Con “Reportaje al pie de la horca”, Julius Fucík no sólo denuncia los crímenes de lesa humanidad cometidos por las hordas fascistas, sino que también lega una ejemplar muestra de respeto a los principios personales, de ética revolucionaria y profesional, así como de confianza en los valores humanos, que hicieron a las organizaciones internacionales de periodistas declarar al 8 de Septiembre como el día de los hombres y mujeres de prensa en el mundo.
Quizás confusión, tristeza, desdén o hasta risa puedan causar hoy las convicciones de Fucík, en tiempos en que antiguos “comunistas” deshonraron las ideas del marxismo-leninismo en la desintegrada Checoslovaquia, la desmerengada Unión Soviética y el fenecido “campo socialista” en Europa Oriental.
Pero la existencia de pocas, cierto, pero genuinas revoluciones socialistas en China, Cuba, Vietnam y Corea del Norte, con sus lógicas peculiaridades, además del paulatino renacer de la izquierda en otras partes del mundo mantienen vivas las convicciones de Fucík.
No merece morir en el olvido, la traición o la falta de valores la figura del firme comunista, cabal periodista y resuelto luchador antifascista que el 25 de agosto de 1943, a los verdugos del tribunal de la Gestapo que lo condenó a muerte en Berlín, les espetó:
Ustedes leerán ahora su sentencia. La conozco. La muerte al hombre. Pero mi sentencia para ustedes fue dictada ya hace mucho tiempo: la muerte al fascismo y la esclavitud capitalista. La vida al hombre, al futuro, al comunismo.
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