El módulo lunar Eagle recorre el último metro en un descenso suave ayudado por la débil fuerza de gravedad de la luna. La superficie del satélite natural de la Tierra resiste el peso de la nave. Dentro, Neil Armstrong y Buzz Aldrin comprueban que los instrumentos y sistemas funcionan.
En el Centro Espacial de Houston son las 15:17 del 20 de julio de 1969. Al sur del Mare Tranquilitatis (Mar de la Tranquilidad) está posada la base lunar, compuesta por el módulo de descenso y sus dos astronautas. Siguiendo el protocolo establecido para la misión, ambos realizan las comprobaciones pertinentes y Armstrong recibe la autorización de Houston para efectuar la primera actividad extravehicular.
Cinco horas y media después del alunizaje, los astronautas están preparados para salir del Eagle. El primero en hacerlo es Armstrong, que baja por las escaleras y pone en funcionamiento la cámara de televisión para retransmitir el acontecimiento a todo el mundo.
Mientras, unos 500 millones de personas alrededor mundo esperaban ansiosamente frente a sus televisores con imagen borrosa o a sus radios. Armstrong está a punto de hacer realidad a uno de los sueños más antiguos de la Humanidad: ser el primer hombre en caminar sobre la Luna.
Van a ser las 22:56 en Houston y el comandante de la misión AS-506 está por dar aquel paso trascendental y decir su frase más famosa.
Pero esta historia no comenzó a las 10:32 del 16 de julio de 1969, cuando desde Cabo Kennedy, Florida, el poderoso cohete Saturno V despegó portando la nave Apolo 11, con la tripulación integrada por Neil Armstrong, Edwin E. Aldrin Jr. (Buzz) y Michael Colllins.
La pretensión de los Estados Unidos de conquistar la Luna, se originó el 12 de abril de 1961.
Ese día la Unión Soviética quebró definitivamente la hegemonía científica y tecnológica norteamericana con el exitoso vuelo de la primera nave espacial tripulada por un humano, la Vosjod 1, a bordo de la cual Yuri Gagarin ganó la inmortalidad.
Tocó también al primer Estado de obreros y campesinos del mundo inaugurar la Era Especial para la Humanidad, con la puesta en órbita del Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957.
Entonces, el gobierno de los Estados Unidos, sus militares y científicos hicieron lo imposible por atribuirse el mérito de ser los primeros de llevar a un hombre a la órbita circunsterrestre y regresarlo al planeta. Fracasaron. El vuelo de Gagarin resultó demasiado para la soberbia de la mayor potencia del mundo.
"Creo que esta nación debería comprometerse a alcanzar la meta, antes de que termine esta década, de aterrizar al hombre en la luna y traerlo de vuelta a la Tierra sin peligro”, dijo el presidente John F. Kennedy cuando lanzó el desafío al Congreso de vencer a la Unión Soviética en la carrera espacial, símbolo de la batalla de la Guerra Fría por el dominio entre ideologías opuestas y poderes mundiales polarizados.
Así nació el programa Apolo, destinado más a arrebatar la vanguardia a la URSS y establecer el dominio estadounidense en la carrera especial, que a las investigaciones que previó.
Para vencer, no se detuvieron ante ninguna consideración moral.
El poderoso cohete de varias etapas Saturno V, uno de los pilares del programa, fue desarrollado por el científico alemán, nacionalizado norteamericano, Wernher von Braun, con un oscuro pasado fascista.
Braun fue responsable de la muerte de cientos de civiles durante la Segunda Guerra Mundial, víctimas de los impactos en Londres de las “bombas volantes” V-2, creada por él para Hitler.
Tampoco se escatimaron recursos financieros. Hay estimaciones que indican que para 1969 restablecer el orgullo norteamericano había consumido 25.000 millones de dólares, unos 115.000 millones al valor de hoy, o varias veces más que el presupuesto actual de la Agencia Nacional Aero-Espacial, la NASA, por sus siglas en inglés.
Aún así, los soviéticos llegaron primero a la Luna con ingenios espaciales automáticos, pues en el propio 1959 la sonda Lunik 3 retransmitiera imágenes de su cara oculta y en 1966 la Lunik 9 logra un descenso controlado al posarse suavemente sobre la superficie selenita.
Esas son las circunstancias que llevaron a Neil Armstrong a estar juntarse con Gagarin en la inmortalidad de la memoria humana.
A las 22:56, hora de Houston, del 20 de julio de 1969, es el primer humano en pisar el suelo lunar y expresa para la historia: "Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad".
En la Tierra, millones de personas ovacionaron asimismo el momento cuando Armstrong fue alcanzado por Buzz Aldrin, quien describió la "magnífica desolación" del paisaje lunar, nunca antes atestiguada por una persona.
Los astronautas confirman la baja fuerza de gravedad de la Luna y durante varias horas realizan las tareas encomendadas a la misión, entre ellas la instalación de varios equipos para diversos experimentos.
Además dejan un disco con los mensajes y saludos de todas las naciones del mundo, las medallas recibidas de las familias de los cosmonautas soviéticos Yuri Gagarin y Vladímir Komarov, junto a las insignias del Apolo en recuerdo de Virgil Grissom, Edward White y Roger Chaffee, fallecidos en el incendio accidental desatado cuando entrenaban en la primera nave del programa.
Por último, sellan con un tampón el primer ejemplar de un sello de correos de 10 centavos y acopian 22 kilogramos de rocas lunares.
La presunción Made in USA queda para la posteridad cuando clavan en el suelo selenita una bandera norteamericana y conversan con el entonces presidente Richard Nixon.
En una clara intención de obviar la trascendencia del vuelo de Gagarin, el mandatario le dice a Neil y Buzz que con el acontecimiento que protagonizan “desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres”.
Con un cinismo sin igual, Nixon agrega: “…y como nos hablan desde el Mar de la Tranquilidad, ello nos recuerda que tenemos que duplicar los esfuerzos para traer la paz y la tranquilidad a la Tierra.
Son los momentos en que la agresión imperialista a Vietnam cobra la vida a miles de personas por los criminales bombardeos de los B-52, ordenados por el presidente yanqui.
Durante esas horas de actividad extravehicular de Neil y Aldrin en suelo selenita, Michael Collins se mantuvo circunvalando el satélite en el módulo de mando Columbia, a donde regresaron en las primeras horas del 22 julio para iniciar el retorno exitoso a la Tierra, concluido a las 18:50 del 24 de julio con el amerizaje del módulo de descenso en el Océano Pacífico, a unos 1.500 kilómetros al sudoeste de las islas Hawai.
Con independencia de las circunstancias políticas que rodearon al programa Apolo, sin duda alguna la misión de Armstrong, Aldrin y Collins es un hito científico y tecnológico extraordinario, escasamente imitado. Otros cinco aterrizajes lunares exitosos se efectuaron hasta 1972, los que permitieron a diez terrícolas más a caminar sobre la superficie del solitario y misterioso satélite natural de la Tierra.
Transcurridos 40 años de aquel acontecimiento, el mundo aún vive la visión de futuro que tuvo. Las agencias espaciales del mundo están apuntando de nuevo a la Luna, como paso previo al salto hasta Marte.











