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Hiroshima y Nagasaki: crímenes injustificables

Escrito por Singh Castillo el . Publicado en Singh Castillo

Hiroshima y Nagasaki: crímenes injustificablesGuantánamo.- El coronel Tibbets arrojó a Little Boy a las 8:15 horas de Hiroshima. De inmediato accionó los mandos y el Enola Gay comenzó a alejarse rápidamente del lugar del impacto, escoltado por los otros dos B-29.

Después de 55 segundos de caída libre, la bomba alcanzó la altura determinada para su explosión, aproximadamente a 600 metros sobre la ciudad. El estallido creó una explosión equivalente a la de 13 mil toneladas (kilotones) de TNT. Instantáneamente la temperatura se elevó a más de un millón de grados centígrados, creando una enorme bola de fuego que se alzó como el primer hongo nuclear de la historia.

Quedó inmortalizado en las imágenes tomadas desde el bombardero llamado #91, uno de los acompañantes del Enola Gay.

En aquel instante, Bun Hashizume estaba parada en el tercer piso de la sede del Ministerio de Comunicaciones en Hiroshima. Vio el poderoso destello y perdió el sentido. Cuando despertó, pudo a duras penas salir del edificio y con la ayuda de una mujer, la niña de 14 años llegó hasta un hospital. En el camino vio la ciudad en ruinas y con fuegos por doquier. Los sobrevivientes deambulaban cubiertos de cenizas.

Por la guerra, Bun y otras muchas niñas y niños, tuvieron que dejar la escuela y trabajar sustituyendo a los miles de hombres jóvenes que el militarismo japonés envió a la muerte, con pretensiones de expandir al imperio.

Aquel 6 de agosto de 1945 volvió a nacer. No fue una de las 70 000 u 80 000 personas, cerca del 30% de la población de la ciudad, que murieron en aquel segundo mortal. Otras 70 000 resultaron heridas.

Por la radiación recibida, Bun Hashizume padeció problemas de salud, pero vivió para contar su historia a hijos, nietos y al mundo.

Tres días después, el 9 de agosto, casi a las 11:02 am, Fat Man borraba del mapa a buena parte de Nagasaki y a entre 35 000 y 40 000 personas, con una detonación equivalente a 22 kilotones. Al final de 1945, los decesos por el segundo bombardeo nuclear de la historia alcanzaron entre los 60 000 y 80 000.

¿Fue necesario lanzar las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki?

No. Es la repuesta que la historia confirmó con el tiempo, a pesar de que con inmenso cinismo el presidente Harry S. Truman justificó el uso del arma nuclear diciendo que “la usamos para acortar la agonía de la guerra, para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses”. Patraña.

El Japón militarista decidió rendirse solo después de que la Unión Soviética le declarara la guerra, como había prometido Stalin en la Conferencia de Yalta, es decir, tres meses después de rendida la Alemania nazi. El 9 de agosto (hora de Moscú), el Ejército Rojo invadió a Manchuria por tres frentes y en cuestión de una semana derrotó al Ejército de Kwangtun, la principal fuerza de ocupación japonesa en China y Corea.

Está probado que la cúpula del régimen militarista decidió la rendición incondicional de Japón impactada más por las rápidas y devastadoras victorias soviéticas en el continente, que por los bombardeos nucleares a Hiroshima y Nagasaki. Para ese entonces, los inmisericordes bombardeos de los B-29 norteamericanos ya habían causado más víctimas que los que eventualmente provocaron Little Boy y Fat Man.

Japón no se rindió hasta el golpe soviético. Quebró la estrategia nipona de defensa del archipiélago, pues habían planeado resistir la esperada invasión norteamericana concentrando lo que les quedaba de fuerzas en el sur, pero los desmoronó el mazazo del Ejército Rojo en China y Corea, amenazando seriamente el norte del país.

¿Por qué Truman ordenó el bombardeo atómico?

La rendición del Japón militarista era posible sin Hiroshima y Nagasaki.

“Los japoneses estaban listos para rendirse y no hacía falta golpearlos con esa cosa horrible”, años después dijo incluso el general Dwigth Eisenhower, máximo comandante de las fuerzas aliadas en Europa y eventual sucesor de Truman en la Casa Blanca.

Hasta la invasión soviética a Manchuria, el gobierno nipón había desistido levantar la bandera blanca esperando lograr una rendición condicionada a la protección de la figura del Emperador, como símbolo de la continuidad y cohesión del pueblo japonés, por lo tanto exonerado de toda culpa como criminal de guerra.

Lo que está demostrado es que el 6 de agosto de 1945 se puso en práctica el chantaje nuclear, contra el resto del mundo y en particular en contra de la Unión Soviética. Hiroshima fue el mensaje de Truman para que Moscú se sintiera fuertemente amenazado, a pesar de su extraordinario aporte a la derrota de la Alemania nazi en Europa.

La prueba de la bomba atómica soviética el 29 de agosto de 1949 acabó con el monopolio norteamericano. A pesar de ello, en medio de la Guerra Fría, los Estados Unidos concibieron ataques nucleares contra la URSS que afortunadamente no llegaron a hacerse realidad.

Han pasado 72 años desde el bombardeo nuclear. No se ha vuelto a utilizar el arma, pero la amenaza persiste. Actualmente nueve países tienen armamento atómico, listado que encabezan Rusia y los Estados Unidos, cada una con 7 000 o más cabezas nucleares, arsenal suficiente para destruir varias veces a nuestro planeta y sus habitantes.

Es la herencia de los años de la Guerra Fría, que no se entibia del todo, en los que Moscú y Washington se mostraban los dientes para disuadir al otro de no atacar primero.

Los cometidos por Estados Unidos en Hiroshima y Nagasaki fueron, son y serán un crimen injustificable. Duelen en la memoria de las personas de bien, no obstante las décadas transcurridas. La conmemoración del nuevo aniversario debiera mover a reflexionar también por qué, todavía hoy, las guerras hieren al mundo.

 

 

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